Recordando a Ana

Ana, querida amiga, 

Te hablo desde la eternidad de estos siete días sin ti. 

Busco tu cercanía en la penumbra de los pasillos bulliciosos pero las aulas se han tornado extrañamente silenciosas. Abro los ojos y veo caras que miran, que preguntan, cuerpos que se mueven deslizándose como sombras, pero observo el silencio, el frío. Bajo la cabeza para no ver, para pensar que me despertaré. 

Ana, me faltan tus palabras, me falta tu sonrisa, me falta el calor con el que nos mirábamos, aquellos momentos en los que no eran necesarias palabras, sólo esas miradas. Nuestra complicidad amiga. 

Voy hacia las clases y me invaden los recuerdos...

Pienso en aquel momento en que te conocí: Tu deseo de ser siempre mejor te hacía parecer distante. Algunos dirían: "De prime abord" pero eso, era sólo la primera capa de aquellas muchas con las que te protegías. Para llegar hasta ti, bastaba con observar el cariño con el que mimabas a cada uno de tus alumnos. Sí, tanto los últimos; esos pequeños recién llegados de primero o precisamente aquellos que no paraban de hablar en clase. ¿Te acuerdas? esos que habías tenido cuatro años seguidos y que hoy vuelan armados con el bagaje que les diste. Recuerdo horas y horas de correcciones que acarreabas siempre en una mochila pesada siempre colgada del hombro. También te recuerdo recogiendo los libros del departamento para llevarlos el fin de semana y preparar las clases.... ¿Sabrán algún día cuanto luchaste por hacer tu trabajo siempre mejor?, esto para ampliar, aquello para reforzar...y lo de más allá... preparación. Los folios, los trabajos, las fotocopias, los libros se amontonaban y bajabas las escaleras mochila al hombro, dando vueltas a las llaves si alguna mano te quedaba libre. Tu enorme maleta marrón... tus llaves atadas en un manojo también incomprensiblemente grande... todo recuerdos. 

Y luego, los fines de semana no te quedaba tiempo para nada... el lunes se tenía que volver a empezar: nuevas correcciones, nuevas fotocopias, nuevas pataletas por errores tontos que volvían a cometer: 

"Je suis, tu est.. 

-Non!!!! Non!!" y vuelta a empezar. Año tras año... 

En resumen, las rutinas de una profesión de las que hablábamos en cualquier ocasión a modo de catarsis. 

Ana, mientras te hablo, te tengo cerca, casi te puedo tocar y sonrío recordando los viajes que hicimos juntas: París...¡Ay PARÍS! Siempre me quedará París y nuestros niños chillando "Madame, Madame!!" frente al Moulin Rouge. Dos profesoras y tantos alumnos paseando por las calles de esa magnífica ciudad y tú diciendo que tenías que volver con tus Antonios y con tu Sergio... 

Después fueron los viajes a Tence y a La Ciotat. Todos ellos únicos y diferentes. Con Norberto, con Blanca, con Capilla y siempre pendientes de los niños, nuestros niños. Porque sé, Ana, porque han sido muchos momentos vividos contigo, que amabas tu profesión. 

Aprendí, con los años, que los dos pilares de tu vida eran la familia y el trabajo. Pero tu corazón era muy grande y me siento muy orgullosa de haber ocupado un pequeño hueco dentro de él. 

Ana, si ahora andamos tristes, y tu recuerdo nubla nuestros ojos, seguiremos buscando en la memoria esos momentos dulces que nos regalaste. Borraremos los tristes y levantaremos la cabeza para ver de nuevo dibujarse, en los pasillos de nuestro Instituto, las caras de los niños. 

Y así, en la intimidad de mi aula conjugaré en tu nombre, todos los tiempos del verbo "être".

Maribel